E. Calabuig: “El escritor necesita una gran energía diaria lejos de la toxina”

El escritor Ernesto Calabuig

Todos tenemos en la cabeza la imagen del escritor sedentario que alimenta su literatura con un vaso de whiskey. Encerrado en un lúgubre habitáculo el humo del tabaco apenas deja ver los rasgos físicos más cercanos del autor. Sin embargo, tengo la suerte de conocer personalmente a un escritor que es la antítesis de este cliché. Ernesto Calabuig (1966) es un escritor, licenciado en filosofía, trabaja para El Cultural de El Mundo haciendo reseñas de libros y para El Mercurio de la Fundación Lara. A pesar de recibir cada día un repartidor que le lleva los libros a su casa, compagina la vida familiar y laboral con la deportiva: es un viejo campeón de los 1.500 y ahora corre los diez mil. Este intelectual madrileño, a pesar de poseer un físico envidiable, es tímido. Hay timideces que nos intimidan pero la de Ernesto es humorística. Se ríe con frecuencia y se interesa por las aventuras intelectuales y deportivas de los demás. Me siento afortunado de conocerlo y hablar con él regularmente porque encarna la figura del intelectual del siglo XXI: el hombre físicamente en forma y lleno de humanidad y humor.

¿Podría explicarme en qué se parece el correr a la actividad intelectual de escribir?

Hay mucha gente que, siguiendo el tópico, piensa que nada hay tan apartado de un escritor como un deportista. Es esa idea del ratón de biblioteca o del poeta-tuberculoso y, si puede ser, alcohólico y “maldito”. Yo nunca he visto una contradicción entre correr y escribir. Es más, correr me ha ayudado a escribir. Supongo que el parecido entre ambas actividades tiene que ver con el esfuerzo, la tenacidad, la concentración, en una página o en el logro de un objetivo deportivo.

En alguno de sus cuentos relata cómo no compiten sus personajes sino que se afirman el uno al otro. ¿Podría explicarme esta concepción del correr?

Bueno, yo he hecho deporte desde los diecisiete años como atleta de competición en pruebas de mediofondo (pruebas de pista de 800, 1500, millas) y fondo corto hasta 10 km. Sé lo que es “salir a por todas”, pero también sé lo que es compartir y disfrutar kilómetros con otro corredor por el gusto de hacerlo. En el caso de ese relato “Dos  hermanos”, de Un mortal sin pirueta, hablo de una especie de hermandad del correr, de ir al mismo paso sin querer dejar atrás al otro, haciendo afirmación y surgimiento del otro.

¿Se hace mal en fomentar la competitividad entre los pequeños?

Creo que en el terreno deportivo es un poco inevitable, los niños de por sí son competitivos, vienen así “de serie”, con cierre centralizado, elevalunas eléctrico y competitivos. Pero está en sus profesores y entrenadores limitar esa especie de “instinto asesino” y conseguir que sus actividades deportivas sean sensatas y, a ser posible, divertidas. Yo corro todos los sábados con mi hijo de 11 años y le limito tanto el kilometraje (sólo 2 km aunque proteste) y también la velocidad, para que no se dispare y aprenda a dosificar el esfuerzo. Hay estudios muy claros sobre lo que debe hacer un niño a esas edades, y es mucho más interesante que hagan deporte variado que convertirse en una especie de lentos maratonianos que se arrastran tras sus padres por los caminos de los parques y bosques y terminan odiando correr.

En el plano físico, en uno de sus relatos cuenta cómo la edad hace que las molestias pasen a ser dolores ¿Ha traído la edad aspectos negativos a su literatura? ¿Pasa algo similar en el plano intelectual o por el contrario uno es más lúcido con la edad?

Yo creo que la edad y el paso de los años juegan a favor del escritor, siempre y cuando el escritor no se eche a dormir y tenga siempre curiosidad por leer nuevos autores y estar en el mundo. Yo creo que no se para de aprender y de descubrir, salvo que uno piense que lo sabe ya todo y que nadie puede enseñarle nada nuevo. Bueno, pues él se lo pierde. Personalmente, creo que escribo mejor y con más seguridad a los 45 que a los 25. En lo deportivo es claro que uno va perdiendo algo y que cuesta mucho más que antes rendir y conseguir la forma, pero limitar esa pérdida en lo posible es también divertido, aunque sacrificado.

Tradicionalmente los escritores han vivido en ambientes insanos, lúgubres, nocturnos, rodeados de drogas, de tabaco y alcohol. Incluso algunos autores han hecho elogios a la ebriedad. Sin embargo, hay escritores como usted o como Murakami que son diurnos y que integran el deporte en su vida ¿Existen diferencias entre los escritores de una y otra corriente de escritores?

Más que corrientes, hay actitudes diferentes. Murakami escribió ese libro “De qué hablo cuando hablo de correr” y no creo que pueda explicarse con más lucidez en qué consiste tanto la tarea literaria como la deportiva y de qué modo real se relacionan. Yo pienso, como él, que el escritor, lejos de ser enfermizo o cultivar esa imagen maldita, necesita una gran energía diaria para sacar adelante sus obras. Otra cosa sería no estar en el mundo, no haber experimentado algún tipo de vida oscura y creerse un superhombre o el guapo del gimnasio. Eso sería estúpido. Bueno, Murakami era propietario de un bar en Tokio y sabía lo que era trasnochar. Uno también sabe lo que son los bares, trasnochar, o esa zona oscura que Murakami describe en su libro como la “toxina” del escritor. Los escritores se hacen también en esas experiencias. Por otro lado, en estado de verdadera ebriedad o de resaca no creo que se escriba mucho o bien.

Usted tiene hijos, se parece la educación de un hijo a la construcción de la personalidad de cualquier personaje literario?

A mí me da miedo “construir” demasiado a mis hijos, orientarlos demasiado hacia alguien que se parezca a mí o a su madre al cien por cien. Sin embargo la educación, inevitablemente, es injerencia e intervención. Y hay mucho de bueno pero también de malo en todo ello. Los niños no son objetos literarios, pasivos, que se vayan moldeando y afinando a nuestra voluntad. A veces se rebelan y es bueno que se rebelen porque uno está, en ese momento, equivocado. A veces se puede ser muy injusto. Ojalá pudiera uno corregir y borrar lo malo o lo defectuoso de una página mal escrita o de un mal día, sin dejar marcas o secuelas.Ernesto Calabuig trabaja para El Cultural

Murakami habla del “agotamiento literario” ¿Lo ha sentido usted alguna vez? ¿Qué es peor, el agotamiento literario o el físico?

Más que el agotamiento literario, lo que he sentido con frecuencia es una sensación desanimante: ese “qué más da en realidad que yo haga o termine este cuento, esta novela”, ese “a quién le importa en el fondo”. Eso me pasa a mí, pero le pasaba a la propia Virginia Woolf cuando comentaba que, el mundo, seguro que podría pasarse sin sus textos, que nadie estaba en una actitud de “esperarlos” para que el universo o la vida siguieran adelante. En el caso de ella, lo cierto es que a mí no me da lo mismo haber tenido la fortuna de leerla que no. Creo que el mundo es sutilmente mejor y menos pobre gracias a sus libros. En mi caso, salvando todas las distancias con una escritora tan genial como ella, yo no debería permitirme el desánimo si quiero seguir adelante como escritor. El agotamiento físico es muy diferente, en cierto modo más justo: uno se entrena lo mejor que puede y sale a darlo todo en la competición y hay un momento que choca con sus propios límites, la carrera misma te pone en tu sitio, sin trampa ni cartón.

En uno de sus relatos habla de correr como volar ¿supone una liberación en su vida real? ¿De qué tipo?

Ahora ya no “vuelo” tanto como antes. Antes los días de “volar” se repetían con más frecuencia. Pero correr empezó para mí como una escapada, una aventura y, sí, una liberación.

¿Usted cree en la inspiración o en la mesa de pino?

Yo creo en los días buenos en los que escribir sale fluido y fácil, pero con esos días sólo te encuentras si estás delante de tu pantalla y de tus notas, tirando del hilo de las historias y las frases para que las cosas encajen.

Muchas gracias por el esfuerzo reflexivo.

Gracias a ti por darme la oportunidad de llevarlo a cabo.

 

Fdo: Esteban Martín

Twitter: emartinp

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2 comentarios en “E. Calabuig: “El escritor necesita una gran energía diaria lejos de la toxina”

  1. Grande Ernesto, gran escritor, gran corredor y gran persona, sobre todo. Me alegro de leer algo sobre él en este interesante blog.

  2. Es la segunda vez que leo este articulo. Me llevó a buscar y encontrar y leer un libro de Murakami que me gustó pero me dio mucho menos ánimo y serenidad que este artículo. Tal vez me equivoqué no este artículo: la persona que hay que leer es Ernesto Calabuic, por lo menos para que nos infunda su valor en tanto que deportista o simplemente en tanto que persona, tal como consiguió enseñárnoslo la dicha entrevista

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